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Barcelona multicultural y cosmopolita

(El Periódico, 4 Abril 2012)

Los datos del padrón municipal de Barcelona de enero del 2012 constatan que la población inmigrante de la ciudad se mantiene en un 17%. En los tres últimos años este porcentaje no ha variado siendo noticia, precisamente, su estancamiento o estabilidad en medio de la difícil situación de crisis que atravesamos.

Una segunda  noticia es el incremento de los matrimonios mixtos entre nacionales y extranjeros que  representan el 31% del total de uniones civiles en 2011 cuando en 2004 suponían el 19% del total. Estabilidad demográfica, convivencia intercultural y progresivo mestizaje parecen ser tendencias que se consolidan y que niegan o refutan el discurso xenófobo de la extranjería como amenaza o como problema.   

La crisis ha detenido el flujo de reagrupaciones familiares pero no ha supuesto una caída brusca de la población inmigrante como algunos esperaban. Al contrario, las comunidades asiáticas (paquistaníes, chinos y filipinos) han aumentado durante el último año y ya representan el 22% de la población empadronada en Barcelona. El significativo peso de las comunidades asiáticas entre nosotros nos hace diferentes respecto a otras ciudades y regiones españolas y nos aproxima más al perfil de metrópolis poscoloniales como París o Londres. Es una peculiaridad que confirma a Barcelona como puerta de entrada asiática a Europa y a España, la cual cosa parece molestar a cierta derecha populista.  

Hace poco el ex-presidente Aznar declaraba, con cinismo y cizaña, que Cataluña acogía a más asiáticos que hispanohablantes para imponer el catalán con más facilidad en detrimento del castellano. Sabido es que la política de fronteras y de cupos de inmigrantes es gestionada por el gobierno central de Madrid sin que la Generalitat  pueda determinar libremente los flujos de entrada. No importa. Interesa más colar un mensaje de miedo y de amenaza que alimente la confrontación de identidades.

La derecha populista olvida a menudo que España tan sólo tiene una década de experiencia como país receptor de flujos migratorios mientras Cataluña acumula más de mil años como país de marca y territorio histórico de acogida, de paso y de mestizaje sin que haya perdido su lengua y su cultura. Es una diferencia histórica y cualitativa mal digerida por algunos. La inercia integradora catalana se ha vuelto a evidenciar liderando en España el cierre y reordenación de los CIE o centros de internamiento para extranjeros por incumplir normas básicas en derechos humanos. Ha sido El Periódico quien ha liderado una campaña civil, ya emprendida por diversos colectivos, consiguiendo la humanización de los centros de internamiento de todo el país que pasarán a ser gestionados por entidades sociales sustituyendo a la policía.

Sin embargo, el elemento de reflexión más importante es la inexistencia de un racismo de crisis que enfrente a las clases trabajadoras y vulnerables autóctonas contra sus iguales inmigrantes. Ciertamente perviven rumores hostiles a la inmigración que tratan de destacar agravios comparativos a fin de alimentar la estigmatización contra los extranjeros. Pero en términos generales y, de momento, no aflora el racismo de crisis que anhela la derecha populista y xenófoba. Seguramente, éste es el principal logro de cohesión social que presenta Barcelona y Cataluña ante un escenario tan regresivo de recortes del gasto público, aumento de las desigualdades y alto desempleo que durará unos años más.

Un último apunte a destacar. El 40% de los niños nacidos el 2010 en Barcelona son de padres extranjeros, sean ambos o uno de sus progenitores. Ya no estamos hablando de minorías sino de un futuro multicultural que se hace presente