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Derecho a la protesta y a la esperanza

(El Periódico, 30 Abril 2012) 

Klaus Schwab, presidente del Foro de Davos, asumía en una entrevista en enero de 2011 que las políticas de austeridad en España provocarían “otro mayo del 68” de intenso conflicto y protesta. A los pocos meses apareció el movimiento 15-M como un volcán de descontento, desilusión y hartazgo en el último tramo de la legislatura Zapatero. Recordemos que el 15-M fue portada en todos los medios internacionales y que después se trasplantó a Estados Unidos como movimiento Ocupa Wall Street. Una señal de su potencia y capacidad de contagio que seguramente no ha pasado inadvertida a la élite de Davos.

En esa entrevista, Klaus Schwab inauguraba el discurso de la crisis que nos acusa a todos por el excesivo endeudamiento privado. Ya saben: “por haber vivido por encima de las posibilidades”. Schwab encausaba directamente a las familias por haber sobreendeudado el sistema bancario y al propio Estado. Literalmente. Esta retórica libera de responsabilidad al sistema financiero y su flagrante desregulación imputando la culpa de la crisis a los que son sus víctimas.

Lo cierto es que en la década 2000-2010 fue el sistema financiero el que inundó de crédito a empresas, familias y Estados hasta unos parámetros de irresponsabilidad que hoy han demostrado ser muy temerarios. Un reciente estudio del Banco Internacional de Pagos (2011) reconoce ahora que una deuda más allá del 260% del PIB resulta peligrosa y lesiva para el bienestar y el crecimiento.

En España la deuda es del 356% del PIB pero la media de los 18 países de la OCDE analizados alcanza el 317%. Son datos del 2010 que reflejan la irresponsabilidad global de las agencias de calificación, de los supervisores y de los ingenieros financieros que siguen impunes en sus puestos como tigres indomables. En contraste, sorprende lo rápido que fue juzgado y encarcelado Madoff por haber estafado a un puñado de grandes fortunas.

El gran problema no recae tanto en el volumen de deuda de las familias (94% del PIB español por un 64% en Alemania) sino en el astronómico volumen de la deuda inmobiliaria y empresarial española que supone un 193% del PIB, el más alto del mundo desarrollado excluida Suecia. Sólo la deuda inmobiliaria y del ladrillo aquí suma casi 400.000 millones de euros. En conjunto, una barbaridad de burbuja faraónica cuyo impago a la banca internacional se traduce en restricción del crédito, duros recortes del gasto público y leyes regresivas del mercado de trabajo y del estado del bienestar de dramáticas consecuencias. En suma, el post-bienestar o la era de la austeridad como algunos quieren bautizar este momento histórico.

Sin embargo, a medida que han pasado los trimestres y la receta Merkozy de austeridad dogmática sólo produce más recesión y desempleo, crece la indignación ciudadana mientras rebrota el voto de extrema derecha. Son las consecuencias de las políticas del dolor, denunciadas como ideológicas (no racionales) por Paul Krugman y otros economistas keynesianos y que para España pueden suponer una década perdida según estima el FMI. Es un precio excesivo e injusto que, como decía el New York Times la pasada semana, hipoteca el futuro de nuestros hijos por la irresponsabilidad de unos pocos.

La posible victoria de Hollande en Francia podría ser el punto de inflexión para cambiar de rumbo desde Bruselas, suavizando el pago de la deuda española y catalana a fin de impulsar el crecimiento y salir antes de este túnel. Aún está por ver el nuevo perfil de la socialdemocracia y su capacidad real para poner el cascabel al tigre.

Mientras tanto, el derecho a la protesta y a la crítica política es y será consustancial a los ciudadanos para que disientan en democracia y no puede ser recortado o perseguido mientras sea pacífico y no violento. Refundar el capitalismo, regular los mercados financieros, acabar con los paraísos fiscales y potenciar un nuevo patrón de crecimiento sobre las bases de la educación, la ciencia, el medio ambiente, la cohesión social y la responsabilidad corporativa siguen siendo objetivos políticos plenamente legítimos y cargados de esperanza porque son futuro.