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Huelga general en la era de la austeridad

(El Periódico, 15 Noviembre 2012)

Meses antes de alcanzar la mayoría electoral, Mariano Rajoy advertía a sus íntimos “si en los seis primeros meses al frente del Gobierno no me montan tres huelgas generales, será que no lo estoy haciendo bien”. No ha ido muy desacertado. En los primeros ocho meses de su gobierno ya llevamos dos huelgas generales. Claro está que el gobierno minimiza su impacto y declara su fracaso.

Sin embargo, el panorama es muy inquietante, con un cuadro macro-económico para 2013 que Bruselas y el FMI agravan más de lo que Rajoy intenta empequeñecer: cifran una caída del PIB (-1,4%) muy por encima de la previsión del gobierno (-0,5%) y pronostican una mayor tasa de paro (26,6%) sobrepasando los seis millones de desempleados y destruyendo 500.000 empleos más en el 2013. Tampoco se alcanzarán los objetivos de déficit público pactado con Bruselas y vendrán más recortes que Madrid centrifugará hacia la educación y la sanidad gestionadas por las comunidades autónomas. Más de lo mismo o más dolor como diría Paul Krugman.

Cabe recordar que, tras el giro de Zapatero hacia los ajustes, el Partido Popular se presentaba como el “partido de los trabajadores”. Consigna que aún repetían sus dirigentes este mismo verano. Cinismo a granel hiriente ante una injusta y abusiva reforma laboral de la ministra Báñez que facilita el despido libre y otorga plena discrecionalidad al empresariado. Un empresariado que, a su vez, recibe las críticas de Bruselas porque prefiere despedir, siguiendo así una inercia histórica y cultural sin cambios, en lugar de repartir el trabajo existente con la flexibilidad interna y horaria.

La cultura empresarial española apenas ha evolucionado en lo sustancial, siempre reclamando depreciar salarios y derechos en un esquema clásico de relaciones de trabajo que busca devaluar y neutralizar el sindicalismo. Los opinadores de la caverna mediática hacen el resto, desprestigiando las “centrales sindicales” con una hostilidad nostálgica y franquista.

Los sindicatos buscan modernizar sus estrategias de movilización en un contexto global muy complicado y agresivo pero cabe reivindicar su función como pilar social de la dignidad y garantía de solidaridad. El sindicalismo moderno, igual no es capaz de paralizar un país como tampoco puede paralizar el funcionamiento de Internet o los satélites, pero su lucha fortalece los derechos sociales y la calidad de nuestras democracias, especialmente en esta nueva era de la austeridad.   

Esta nueva huelga general no habrá tenido un gran impacto allí donde más se necesita una inflexión: el cambio del paradigma empresarial español para que asuma soluciones más modernas, más equitativas y más centro-europeas. Menos despido libre y contratación barata como única pauta empresarial y más reinversión, más cogestión, más “flexiseguridad”, más innovación y más responsabilidad fiscal. Ante el sombrío panorama que tenemos, más vale llegar a un gran pacto estratégico de país sin maximalismos y con presencia sindical para dar una salida más racional, equitativa y justa a una crisis que no la han provocado los ciudadanos sino la codicia desmedida de sujetos e instituciones bien conocidos.