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Jornada continua y tardes libres, ¿mejor educación?

(El Periódico, 9 Septiembre 2012)

La jornada continua en las escuelas es una vieja reivindicación de los sindicatos docentes más  conservadores desde inicios de los años noventa. Su sueño era igualarse al resto de funcionarios para poder librar por las tardes. La enseñanza, en su ideario, es una rutina didáctica que puede empaquetarse como cualquier otra actividad industrial de servicios en un horario reducido. De gota malaya pasó a extenderse entre buena parte de la comunidad docente traspasando las líneas ideológicas entre sindicatos.

En la última década, buena parte de las comunidades autónomas han asumido la jornada continua, siendo Catalunya toda una excepción. Hasta ahora. En este curso que comienza, el 70% de los institutos públicos catalanes concentraran su horario lectivo en la jornada intensiva. Se rompe asi el esquema tradicional de mañanas y tardes con escuela en correspondencia con la jornada partida del mundo laboral adulto. Una pauta social y horaria que, ya de por sí, dificultaba la conciliación familiar en un país con horarios enloquecidos pero que ahora la imposibilita del todo dejando a alumnos y familias sin tardes  de escuela. Eso sí, solo en el sector público.

Pasamos a socializar a las nuevas generaciones de la red pública en un horario funcionarial como si fuera una pauta universal y esperable para todos. Bien lejos de la realidad. Pero todo un privilegio del profesorado a costa de las familias y del mundo real para el que han de preparar a sus alumnos. Mientras tanto, la privada seguirá con la jornada partida y con su sexta hora de distinción y complemento.

¿La jornada continua se introduce para mejorar la calidad educativa de la red pública, reducir el fracaso escolar y fortalecer la cohesión social de nuestros barrios y municipios? La evidencia y los estudios empíricos nos dicen que no en los tres casos. La jornada continua empeora los resultados académicos sin reducir el fracaso escolar, aumenta la fatiga y la falta de concentración de los estudiantes y eleva la desigualdad de oportunidades entre las redes pública y concertada y, por extensión, entre familias y clases sociales.

Las regiones españolas con jornada continua se sitúan todas por debajo de la media nacional en las pruebas PISA, siendo flagrante el caso de Andalucía sin reducción significativa de su abultado fracaso escolar. La intensificación taylorista del trabajo intelectual de los alumnos con jornada continua hace bajar entre un 10% y un 20% los resultados de los centros, según Caride (1994). Por último, una red pública sin tardes de escuela incrementa la desigualdad de aprendizajes y desarrollo de habilidades respecto a las clientelas de la red privada. El 70% del ocio extraescolar de hijos de clases profesionales es estructurado y variado pero este tipo de ocio solo representa el  23% entre los hijos de las clases populares, donde predomina el sobreconsumo audiovisual de pantallas y un menor hábito de lectura (Torrubia, 2009). 

¿Cómo se reducirá el tercio de fracaso escolar lar haciendo mas de lo mismo en horario concentrado y sin tardes que ahonda la relegación de los alumnos en desventaja? Está por ver cómo será evaluada esta experiencia con el tiempo. Eso sí, supone un cambio de calado y precipitado que se ajusta, como anillo al dedo, al actual contexto de recortes y austeridad presupuestaria. Toda una cuña que divide esa frágil alianza de familias y profesorado en defensa de la escuela pública surgida con la crisis.