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Voltaire sobre Cataluña (1751): "Cataluña puede prescindir del universo entero pero sus vecinos no pueden prescindir de ella"


Premonitorio como en otros temas y cuestiones, Voltaire ensalza Cataluña en 1751 con un aforismo que sigue siendo contemporáneo y da título a este post. A continuación, el texto original...

"Cataluña es uno de los países más fértiles de la tierra y de los mejor situados. Regada por hermosos ríos, arroyos y fuentes, tanto como la vieja y la nueva Castilla están privadas de ellos, produce todo lo indispensable para las necesidades del hombre y todo lo que puede halagar sus deseos: árboles, granos, frutos y legumbres de todas clases. Barcelona es uno de los más hermosos puertos de Europa, y el país proporciona todo lo necesario para la construcción de los navíos. Sus montañas están llenas de canteras de mármol, de jaspe, de cristal de roca, y hasta se encuentran también muchas piedras preciosas. Las minas de hierro, de estaño, de plomo, de alumbre, de sulfatos son abundantes; la costa oriental produce coral. Cataluña, en fin, puede prescindir del universo entero, y sus vecinos no pueden prescindir de ella.

Lejos de que la abundancia y las delicias los hayan reblandecido, los habitantes han sido siempre guerreros, y los montañeses, sobre todo, feroces. Pero, a pesar de su valor y de su extremado amor por la libertad, han estado subyugados en todos los tiempos: los conquistaron los romanos, los godos, los vándalos, los sarracenos.

Sacudieron el yugo de los sarracenos y se pusieron bajo la protección de Carlomagno. Pertenecieron a la casa de Aragón y después a la de Austria. 

Hemos visto que bajo el gobierno de Felipe IV, irritados por el conde duque de Olivares, primer ministro, se entregaron a Luis XIII en 1640. Se les respetaron todos sus privilegios, siendo más bien protegidos que súbditos; entraron de nuevo a ser dominio austríaco en 1652; y, en la guerra de sucesión, se pusieron de parte del archiduque Carlos contra Felipe V. Su obstinada resistencia probó que Felipe V, aunque se había librado de su competidor, no podía reducirlos solo. Luis XIV, que en los últimos tiempos de la guerra no había podido proporcionar a su nieto ni soldados ni barcos para combatir contra Carlos, su rival, se los envió entonces para combatir contra sus súbditos rebelados. Una escuadra francesa bloqueó el puerto de Barcelona, y el mariscal de Berwick la sitió por tierra.

La reina de Inglaterra, más fiel a sus tratados que a los intereses de su país, no socorrió esa ciudad, lo cual indignó a los ingleses, que se hacían el reproche que se habían hecho los romanos por haber dejado destruir Sagunto. El emperador de Alemania prometió inútiles socorros. Los sitiados se defendieron con un valor doblado por el fanatismo; los sacerdotes, los monjes corrieron a las armas y a las trincheras como si se hubiese tratado de una guerra de religión. El fantasma de la libertad los hizo sordos a las proposiciones de su soberano. Más de quinientos eclesiásticos murieron en ese sitio conlas armas en la mano; podemos imaginarnos hasta qué punto sus discursos y su ejemplo habrán animado a las gentes.

Enarbolaron sobre la brecha una bandera negra y sostuvieron más de un asalto. Por último, habiendo penetrado los sitiadores, los sitiados siguieron peleando de calle en calle; y, retirados a la ciudad nueva, mientras era tomada la antigua, pidieron todavía al capitular que se les conservaran todos sus privilegios (12 de septiembre de 1714). Se les concedió tan sólo respetarles la vida y los bienes. Les quitaron la mayor parte de los privilegios; y de todos los monjes que habían sublevado al pueblo y combatido contra su rey, sólo hubo sesenta castigados; hasta se tuvo la indulgencia de condenarlos solamente a galeras. Felipe V trató más rudamente a la pequeña ciudad de Játiba en el curso de la guerra; se la había destruido hasta los cimientos para hacer un escarmiento; pero si se arrasa una pequeña ciudad de poca importancia, no se arrasa una grande, dueña de un hermoso puerto de mar, y cuyo mantenimiento es útil al Estado.

Este furor de los catalanes, que no los había animado cuando Carlos VI estaba entre ellos, y que los embargó cuando quedaron sin socorros, fué la última llama del incendio que devastó durante tanto tiempo la parte más bella de Europa, por el testamento de Carlos II, rey de España"