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Ascensor social más intercultural

(El Periódico, 28 de Abril de 2013)


El 17% de los jóvenes catalanes que cursan la ESO tiene nacionalidad extranjera. Un dato que apenas ha variado en los últimos cuatro años de crisis económica. Son las segundas generaciones que ya no podemos etiquetar como inmigrantes por haberse escolarizado y asimilado aquí entre nosotros. Desde el curso 2008-09, el porcentaje de alumnado extranjero en Primaria ha disminuido 2,5 puntos hasta el actual 12,8%. La crisis ha comportado cierto retorno a los países de origen pero no se trata de un retorno masivo de familias inmigradas. Tampoco el elevado desempleo y empobrecimiento han generado un “racismo de crisis” hostil contra los inmigrantes. Son dos noticias relevantes. Asentamiento y  convivencia sin conflicto parecen ser tendencias que se consolidan a pesar de los desgarros que producen los recortes y la crisis. Todo un logro en cohesión social que pasa inadvertido.

Gracias al Pacto Nacional por la Inmigración (2008), Cataluña desarrolla un marco potente de actuaciones transversales que refuerzan la acogida e inclusión social en una sociedad cada vez más diversa y compleja. El sistema educativo en su conjunto es determinante: integra y asimila las segundas generaciones y a la vez cohesiona vía lengua, cultura común y valores meritocráticos. De ahí que sea relevante la continuidad académica de las segundas generaciones y su confianza en la maquinaria meritocràtica de ascenso social (más fluida y efectiva que en sus países de origen) aunque ahora esté bloqueada por efecto de la crisis.

Respecto a otros países, nuestras escuelas e institutos han de responder a una mayor complejidad socioeducativa (somos el 4º país europeo con más familias de bajo nivel educativo) pero logran una mayor equidad de resultados a pesar de que invertimos menos en educación y profesorado. Aunque las tasas de fracaso escolar son más elevadas entre el alumnado extranjero y conviene rebajarlas, ya es hora de apreciar también su éxito escolar. Desde 2005, su presencia en bachillerato se ha duplicado y ahora representan casi un 10% y un 13% en los ciclos de formación profesional. De ahí que sea relevante ese casi 4% que ya llega a los grados universitarios. Además, el salto relativo a los grados universitarios es común y muy similar según nacionalidades.

La educación universitaria entre los hijos de obreros y clases medias-bajas siempre sobresale como un ascensor social efectivo. Incluso en 2012, el 55% de los jóvenes de 28-34 años con diplomaturas han experimentado el ascenso de clase en relación a sus padres. En cambio, con estudios sólo básicos el descenso social y el desempleo se disparan al 52%. El ascensor social ahora bloqueado sólo se reactivará con la anhelada recuperación económica prevista para el 2016. Mientras siga averiado, las políticas educativas han de seguir integrando, promocionando y becando el talento de las segundas generaciones con menor renta familiar. Una medida de equidad educativa que tarde o temprano se traduce en igualdad social de oportunidades y en un ascensor social cada vez más intercultural y abierto. 



Artículo en la web El Periódico

Aprendizaje inverso: de hijos a padres


Hijos que explican a sus padres qué es y qué supone la nanotecnología. Hijos que convencen de los efectos nocivos del tabaco en la salud. El aprendizaje inverso entre hijos y padres es posible gracias al modelo vigente de familia “negociadora” que permite unas relaciones más dialogadas y expresivas. Ideales para impulsar proyectos comos las Ciudades Educadoras que dan el máximo protagonismo a los menores.



Hace unos años una compañía telefónica argentina lanzó un anuncio televisivo en el que un padre empequeñecido alzaba los ojos hacia un enorme sofá ocupado por un niño pre-adolescente. El diminuto padre iba preguntando sus dudas sobre el funcionamiento de internet a su hijo, entronizado en el sofá como cabeza de familia. El diminuto padre hacía preguntas titubeantes mientras el hijo respondía con seguridad y paciencia. Esta situación de aprendizaje inverso, donde son los hijos quienes instruyen a los padres, empieza a ser palpable y significativa en nuestra vida cotidiana y en el interior de las familias.

Un reciente informe señala los hijos como el motor tecnológico de los hogares. Los hijos fuerzan la demanda de nuevos aparatos y tablets que hay que ir comprando con el tiempo. Pero a la vez son la garantía que tienen los hogares para estar actualizados en el consumo de aplicaciones y posibilidades gratuitas que ofrece Internet. Actúan como fuerza de consumo y a la vez como nativos digitales que enseñan y descubren a sus padres nuevas soluciones y contenidos. Pero el aprendizaje inverso se extiende,  más allá de la esfera digital, a más ámbitos aunque son más invisibles e inadvertidos.

Pautas, valores y conocimientos que los adultos creen tener fijados como inamovibles se hacen cada vez más maleables y corregidos por la influencia de los hijos. Hijos que explican a sus padres qué es y qué supone la nanotecnología, la ingeniería genética o la Política de Aristóteles. Hijos que convencen al hogar de la importancia del reciclaje de residuos, de los efectos nocivos del tabaco en la salud o de la barbarie que supone el maltrato animal. Hijos que aprenden contenidos, valores y pautas nuevas en la escuela, en el instituto o en su entorno y que hacen cambiar rutinas y convicciones de sus progenitores. Son aprendizajes invisibles pero que, agregados, contribuyen al cambio y al progreso moral cotidiano desde unas relaciones inter-generacionales abiertas y cooperativas.

El aprendizaje inverso entre hijos y padres se hace posible gracias al modelo vigente de familia “negociadora” que permite una relación más dialogada, horizontal y expresiva entre padres e hijos. Es un modelo de familia que pivota en torno a la cohesión afectiva y emocional, permitiendo a la vez la individualidad autónoma de sus miembros. Su opuesto es el modelo de familia “patriarcal”, autoritaria y de respeto extremo que subyugaba la individualidad a fin de perpetuar la tradición. Algunos lectores de edad recordarán haber tratado de usted a sus padres o el riesgo que suponía desobedecerles. Bajo el actual modelo hegemónico de familia “negociadora”, el aprendizaje inverso entre hijos y padres es mucho más factible, recurrente y hasta normalizado. Acaba siendo un ingrediente más del buen clima, cohesión y bienestar familiar.

Los hijos no son sólo el motor tecnológico de los hogares, también son el motor que irradia aprendizaje y ganas de aprender en los hogares. Insertados, nos guste o no, en plena sociedad del conocimiento, nos conviene impulsar la educación expandida y el aprendizaje permanente desde lo cotidiano y desde las familias. La escuela como institución no es el único agente distribuidor de conocimiento y aprendizaje, aunque seguirá siendo el referente curricular oficial. Hoy en día, el aprendizaje se adquiere las 24 horas del día y todos los días del año a través de las redes personales, de las redes digitales, de la vida cotidiana y de la vida familiar.


Para impulsar la educación expandida convendría dar mayor protagonismo a la infancia y la adolescencia, reconociendo su voz, su crítica y su creatividad. Iniciativas como la “ciudad de los niños” de Franco Tonucci, los consejos locales de infancia y adolescencia y los “barrios educadores” deberían recibir un impulso más decidido y explícito por parte de la misma sociedad, los medios de comunicación y los poderes públicos. Son iniciativas valiosas para fortalecer las relaciones comunitarias y de confianza mutua en nuestros barrios y ciudades. Permiten rehacer la vida democrática desde la base, de abajo a arriba, desde y para las nuevas generaciones. Buena falta nos hace.

Artículo en web El Periódico