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Rajoy: es hora de atreverse a cambiar el huso horario

(El Periódico de Catalunya, 30 de Septiembre de 2013)

El 2 de mayo de 1942, Franco ordenó adoptar para España el huso horario de Berlín y la Europa central (países al este del meridiano de Greenwich). Implicaba añadir una hora al horario solar o atlántico que se había seguido por tradición. Por entonces, tanto Gran Bretaña como Portugal también cambiaron su huso horario tradicional por razones bélicas pero lo abandonaron una vez derrotado Hitler. España fue la excepción y así seguimos ubicados en un huso horario (GMT+1) que no corresponde a la península ibérica por ubicación geográfica. Sólo en Canarias se mantuvo el horario atlántico y la coletilla de “una hora menos”. Es el huso horario que deberíamos adoptar.

Durante estos últimos 71 años se ha mantenido vigente este decreto franquista imponiendo unos hábitos y costumbres que podían asimilarse en una sociedad patriarcal y poco desarrollada. Entonces, las mujeres eran excluidas del trabajo remunerado y los hombres debían hacer pluriempleo para mejorar sus salarios de pobreza. Un empleo oficial hasta media tarde y otro por horas o sumergido para las tardes. De ahí, la pervivencia de ciertos rasgos en nuestra cultura productiva y horaria: la larga pausa para comer, las largas jornadas partidas de trabajo o la permisividad de la economía sumergida

Pero son rasgos culturales y jornadas laborales del todo disfuncionales en sociedades pospatriarcales como la nuestra que reclaman una mejor conciliación familiar y de horarios. El cambio de huso horario no sólo es recomendable por razones de una mayor eficiencia o productividad, sino también por razones de igualdad de género.  El desajuste del actual huso horario implica que España sea el país donde más tarde amanece y más tarde se entra y se sale de trabajar. Con unos horarios televisivos y de “prime-time” más tardíos que en ninguna otra parte. Resultado: a) cenamos más tarde y dormimos una hora menos que la media de europeos, b) se dificulta una dedicación horaria más equilibrada entre madres y padres en la educación de los hijos, c) las empresas valoran más la presencialidad que la eficacia, d) la siniestralidad laboral es más elevada y e) el tiempo dedicado a la vida cívica y asociativa es mucho menor y repercute en una democracia menos participativa.  

A pesar de todo, nuestras rutinas y bioritmos siguen regidos por el horario solar: ahora cenamos entre las 9-10 de la noche porque la hora solar marca entre las 8-9 de la tarde. El desajuste aumenta con el polémico cambio de hora en verano que nos retrasa entre 2-3 horas respecto al horario solar siendo emblemático el caso de Galicia. Otro aspecto a revisar por su dudosa eficacia.


Ajustar el huso horario y generalizar la jornada continua implica una reorganización pactada de los horarios comerciales, escolares y televisivos. Un gran pacto social que demostraría otra cara de la maltrecha marca España. Tras diez años de una comisión de estudio y todo un año de trámite en el Congreso parece llegado el consenso de cambiar el huso horario. Veremos si el presidente Rajoy se atreve o lo somete a referéndum.

Ritos salvajes sin civilizar: contra el Toro de la Vega

(El Periódico de Catalunya, 18 de septiembre de 2013)

Les recomiendo que vean videos del Toro de la Vega en Youtube filmados por aficionados. Sueltan el toro en una calle del casco urbano de Tordesillas, los mozos lo conducen a las afueras y al llegar al puente sobre el Duero, una muchedumbre lo acompaña hacia el campo abierto. No se ven ni pastores ni miembros del jurado identificados como tales. Tras un buen rato en que la muchedumbre juega y recorta el toro, aparecen hombres con lanzas a pie y a caballo y empieza el torneo. Solo desde este año es obligatorio que los lanceros se inscriban antes aunque no hay forma de verificar el gentío y la algarabía que se monta.

El torneo se rige por un reglamento del ayuntamiento cuyo artículo 41 dice textualmente que “ningún lancero sea de a pie o de a caballo deberá arrojar la lanza al toro con la intención de herirle con el fin de mermar sus facultades”. La cuestión es que el torneo consiste en todo lo contrario. Los hombres, todos aficionados, van clavando sus lanzas donde pueden hasta darle muerte. Solo en 1993 y 1995 el toro fue indultado (suponemos que moribundo) por haber superado la zona delimitada.

Está reconocido desde 1980 como “fiesta de interés turístico de España” y traslada al exterior una imagen medieval de brutalidad y maltrato animal. Unos breves minutos en los telediarios del extranjero son suficientes para rematar el poco prestigio de la Marca España. Cabe decir que esta fiesta fue prohibida entre 1966-1970 pero fue de nuevo permitida tras la presión a favor de Gregorio Marañón y otros prebostes franquistas. Sus defensores apelan al valor de la tradición y de la tauromaquia popular bien retratada por Goya como si fuera una fiesta cultural inmemorial digna de continuar.





Si algo nos enseña la antropología es que multitud de ritos y tradiciones se han ido perdiendo por abandono o aculturación. En un contexto histórico de sociedades agrarias y feudales encontramos festejos con animales que hoy son salvajadas pero no entonces. Lanzar una cabra o un burro desde el campanario o acribillar con dardos a un toro podían servir de divertimento en el pasado pero también ponía de relieve la brutalidad y violencia inscrita en las relaciones sociales. Ambas quedaban sublimadas en el maltrato animal como una válvula de escape moralmente consentida.

El movimiento de defensa de los animales nos dice que cada año se sacrifican en España unos 60.000 toros dando una idea de la cantidad de festejos populares que existen. Gracias a la presión del movimiento animalista algunas tradiciones como el Toro de Coria continúan pero modificadas al prohibir lanzarle dardos. Un rito salvaje que se ha civilizado.

Los defensores acérrimos de la tradición pretenden que la historia quede congelada en su burbuja de nostalgia manteniendo la estricta jerarquía social y de poder como algo natural e inmutable. En el Toro de la Vega ésta se refleja en la diferencia entre los caballistas y el peonaje que va a pie. Sólo les falta reclamar también el derecho de pernada para tener un orden feudal más completo y auténtico.