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Universidad precaria y empresaria

(El Periódico de Catalunya, 31 de Marzo de 2014)

El recorte acumulado en educación entre 2010 y 2014 suma 7.300 millones de euros en España. Conviene recordar que son 1,2 billones de las antiguas pesetas. De momento, un tijeretazo del 17%. Porque puede ser superior. Rajoy se comprometió ante Bruselas que en el 2015 el recorte total en educación llegaría hasta los 10.000 millones. Supondría un hachazo del 23% sobre el volumen de gasto educativo previo a la crisis.

Un suicidio como país que hipoteca el futuro a medio plazo y liquida la igualdad de oportunidades conocida hasta ahora. Todo un sacrificio público por rescatar bancos, inmobiliarias y autopistas de peaje de un capitalismo castizo, nefasto e impune. Triste ejemplo de injusticia descarada que pagamos nosotros y nuestros hijos si no ponemos remedio. Como país, hemos rescatado a quien nos hace naufragar. Como en la fábula popular del escorpión y la rana. 

Los recortes de 1.400 millones en universidades tienen un triple efecto. Primero, la subida de tasas de matrícula y la restrictiva política de becas de Wert hace liquidar un modelo abierto de expansión universitaria. Se busca un mayor cierre de acceso que pone en peligro la equidad del sistema aunque ésta haya sido imperfecta. Una equidad imperfecta porque, hasta ahora, el 22% de los hijos de familias monoparentales pobres lograban un título superior, mientras lo consiguen el 62% de los hijos de las clases medias profesionales de doble salario. El riesgo ahora es un mayor abandono y exclusión para acabar grados o masters entre los pocos jóvenes de origen social más modesto que llegan a los campus. Su esfuerzo meritocrático, tan poco valorado en general, tiene nuevas barreras injustas que cada universidad arreglará por su cuenta.

En segundo lugar, los recortes también fuerzan a racionalizar la oferta de titulaciones, algo inflada por la inercia auto-reproductiva del mismo sistema académico y de sus tribus endogámicas. Sólo en España se ha aplicado un plan Bolonia 4+1 (cuatro años de grado y uno de master) mientras en el resto de Europa se hace el 3+2. Esos mismos poderes que lo decidieron ahora se quejan, con razón, de aulas saturadas donde es imposible aplicar Bolonia. Pero callan ante un dato vergonzoso: la mitad del profesorado universitario es precario e inestable. Calidad recortada y precarizada.   
   
En tercer lugar, los recortes fuerzan a las universidades a empresarializarse bajo diferentes formas. La más extrema es promover el modelo de universidad-negocio o los campus empresariales en ciertas facultades públicas, sobre todo, de tecnología. Se enseña y se investiga según los dictados de la industria privada que patrocina y paga lo que el Estado deja de contribuir. El modelo menos radical es la filantropía focalizada hacia determinadas líneas de investigación huérfanas de financiación. Pero, claro, siempre será más fácil montar una cátedra temática centrada en “los cambios familiares” que otra centrada, por ejemplo, en “anarquismo y socialismo”. Quien paga, elige y legitima el conocimiento como poder.


Ningún país del mundo que haya aplicado duras políticas de austeridad ha logrado salir de la crisis recortando en educación. No hay precedentes. Los países escandinavos aplicaron duras recetas de austeridad en su crisis de mitad de los años noventa pero no recortaron en educación, universidades y ciencia. Las salvaron como pilar de la igualdad de oportunidades y como motor del modelo de crecimiento que vendría después basado en la innovación y el conocimiento. Son países serios y previsores. Aquí, la educación pública, la inversión en ciencia y conocimiento y la promoción de las artes y la  cultura, no importan. Así estamos.