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Los datos personales como negocio


Una premisa fundamental de la idea de libertad personal es el respeto a la privacidad. Ambas van de la mano. Una no existe sin la otra. Se lo debemos a la Ilustración y a la Revolución Francesa. El derecho a la privacidad nació para preservar a cada persona de la intromisión y del control por parte de la Iglesia y del Estado absoluto. El germen de ese derecho fue el secreto y privacidad del correo postal. Desde el siglo XVIII, al preservar  ese derecho inviolable, nuestros antepasados pudieron intercambiar y difundir (entre otras muchas cosas) las ideas políticas que derrocaron el absolutismo y dieron pie a la modernidad. Sin la privacidad del correo postal no estaríamos aquí.

Las constituciones liberales del siglo XIX, consagraron el derecho a la vida privada con la inviolabilidad del propio domicilio y del correo personal. Hoy está recogido en el artículo 12 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Un derecho que ha ido evolucionando y ampliándose. Del correo postal, pasó a proteger la privacidad de las conversaciones telefónicas ante escuchas ilegales. Ahora, con los nuevos medios digitales, el derecho se amplía a la protección de la propia imagen, la identidad digital y los datos personales ante el riesgo de intrusos y traficantes de datos.   

En la era digital, más que sujetos, sobre todo, somos sólo datos. Nuestra vida privada y nuestro comportamiento es medible o parametrizable en datos personales. Datos de nuestra localización, nuestra agenda de contactos, nuestro historial de llamadas y nuestros hábitos, gustos y compras electrónicas. Datos que facilitamos con desdén ante las aplicaciones de móviles por el simple hecho de ser gratuitas. Somos datos y, por tanto, somos un producto apetecible para las redes publicitarias y empresas que trafican con nuestra información. A cambio, la publicidad se perfila a nuestra individualidad y se hace más eficaz al generar mayor deseo de consumo. Todo ello en una escala global y masiva, genera mayor beneficio económico cuanto más sofisticado sea el conocimiento de cada uno de nosotros.

Tal y como ha puesto de manifiesto un reciente informe de la ONU, nuestra mayor vulnerabilidad digital puede acabar en un sistema de vigilancia masiva. Un sistema que George Orwell ya planteó en su novela 1984 con su “Gran Hermano” como gran tirano. Una distopía que se va haciendo realidad. Hasta se ha banalizado como un vulgar programa de televisión. Desde hace tiempo, la industria de Hollywood con sus películas y series, nos enseña y normaliza lo fácil que es acceder a bases de datos, espiar a los malos y obtener toda la información personal con un sólo click. Todos somos datos vivos y rastreables. No sólo los malos. Todos y todas.

Los recientes robos de imágenes privadas de actrices famosas nos muestran lo vulnerable que es la “nube” donde confiamos nuestros archivos. Igual de vulnerable que las conversaciones de whatsapp que pueden espiarse sin problemas por piratas a cambio de una buena suma de dinero. Estamos fascinados por las tecnologías digitales que nos dan más sentido de libertad y autonomía que nunca antes pero a costa de mayor vulnerabilidad. Sabemos que saben muchas cosas íntimas y privadas de nosotros pero cedemos demasiada privacidad. Lo que fue un derecho difícil de conquistar por parte de los liberales del siglo XVIII, hoy lo vamos perdiendo como la arena en la mano.