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Consumo a lo bestia: el Black Friday

(El Periódico de Catalunya, 28 de Noviembre de 2014)

El consumo privado de las familias representa el 59% del PIB español y es similar al de Alemania y Francia. Una enorme y masiva fuerza de consumo cuya lenta activación se va constatando durante todo lo que llevamos de 2014. Hasta septiembre creció un 2,7% en tasa interanual, dando señales de recuperación por primera vez en cuatro años. Se acerca la campaña navideña y el comportamiento de la demanda y las compras en estas fechas serán cruciales para cerrar el año con un crecimiento del 1,3% que calculó el Gobierno. Es probable que se consiga. Es posible que entremos en una nueva fase de crecimiento muy débil pero incapaz de absorber el desempleo masivo y las cicatrices de la gran recesión como dice Thomas Piketty.

Como preludio al consumo navideño, este año se ha extendido la moda del Viernes Negro (black friday) importado desde Estados Unidos y Canadá. Es un ritual moderno reinventado por los comerciantes norteamericanos en los años 60 para inaugurar la campaña navideña de compras. Se celebra un día después del festivo “Día de acción de gracias”, una tradición de origen híbrido entre española, europea y nativa que nació como fiesta de la cosecha. Una festividad que casi es un universal cultural puesto que en todas las economías agrarias el final de una buena cosecha permitía gastar en bienes de primera necesidad esperados por mucho tiempo. Los más ancianos lo saben bien. Se acabó la economía agraria pero se han mantenido sus viejas tradiciones o mejor dicho, sólo aquellas que son capaces de estimular los mercados.



Ahora el Viernes Negro es una continuidad cultural agigantada por el marketing, las redes digitales y el deseo de estatus por las marcas. De la comilona familiar y las oraciones de toda la vida se da paso a la orgía consumista y las tarjetas de crédito. El año pasado el Viernes Negro facturó 58,6 billones de dólares. Nada menos que un 2% de todo el PIB yanqui en apenas un fin de semana. Cabe recordar que Estados Unidos es el país desarrollado con el mayor peso del consumo privado en su economía (69% del PIB). Su fiebre consumista nos va colonizando sin remedio, en especial, entre la clase media de aquí que no ha sido afectada por la crisis y ha ido ahorrando. Hoy pueden desfogarse de tanta austeridad y comprar más estatus de marca.

Aunque se hayan sumado en Barcelona más de 300 comercios minoristas, son las grandes firmas y tiendas virtuales las que han desembarcado esta tradición norteamericana. El poder de fijación de precios de las grandes distribuidoras y marcas globales les permiten ofrecernos descuentos del 20, el 40 o hasta el 60% según los artículos. Si pueden hacer una excepción por un día ¿por qué no rebajan los precios escandalosamente altos el resto del año? Entramos en la espinosa cuestión del margen de beneficio de las grandes marcas globales. Un margen multiplicado por la ingeniería fiscal y la permisividad de la Unión Europea que les facilita unos tipos de tributación del 5 o del 1%.


Te hinchas a vender en el Viernes Negro, estimulas el consumo interno y la creación de empleo temporal, haces cuadrar las previsiones de crecimiento del Gobierno pero te llevas buena parte del pastel sin tributar como te corresponde. Buena operación para las grandes marcas y sentimiento de alivio para el resto. Para los consumidores que enloquecen con las gangas que antes eran de lujo. Para de Guindos que nos venderá el fin de la recesión. Y para Luxemburgo y el resto de paraísos fiscales donde acabará buena parte de la cosecha.    


Rescatar personas


En el lejano 1990 hice mi primera investigación como antropólogo: un estudio etnográfico sobre los jóvenes sin hogar en Barcelona. Eran tiempos de bonanza económica, optimismo colectivo y obras olímpicas en una Barcelona que vivía grandes transformaciones. Sin embargo, una realidad incómoda para la naciente ciudad fashion y moderna era la presencia visible de jóvenes sin hogar por Ciutat Vella. Una realidad incómoda que se asociaba al problema de la droga y que encendía las alarmas en caso de extenderse como un aluvión de miseria juvenil en pleno corazón de la ciudad.

A partir de los relatos de vida que hicimos a los jóvenes, descubrimos una gran diversidad de casuísticas siendo la adicción a la heroína o la enfermedad mental, dos de las posibles causas de ruptura vital, pero no las predominantes. Tampoco se constató que la vivencia sin hogar acabara generando ni pequeña delincuencia ni grupos organizados. Más bien al contrario, la vivencia marginal en la intemperie es un proceso de degradación muy individual y muy cautivo o discapacitante. Cuanto más tiempo se viva en la calle y en el itinerario benéfico-asistencial, más difícil es la salida y más atrapado se siente uno en un túnel de anonimato y despersonalización.  

El fenómeno sin hogar es una constante en nuestras ciudades aunque van variando los perfiles y las magnitudes en cada coyuntura. Hoy, las personas sin hogar evidencian la situación extrema del proceso de descenso social que vivimos todos y por ello, despiertan un nuevo interés solidario que antes no existía. El proyecto Retratssense Sostre es una buena iniciativa multidisciplinar que trata de visibilizar las personas sin hogar y concienciarnos de su situación que, a pesar de las distancias y jerarquías, también es un reflejo de nosotros mismos.



Tal y como manifiesta el proyecto, la técnica del retrato siempre ha sido un signo de la posición social a lo largo de la historia. Los pintores han retratado miles de nobles, obispos, militares y gobernantes como mandaba la tradición. Aún hoy, todos pagamos de nuestro bolsillo los retratos oficiales de todos los ministros que nos han gobernado y gobiernan. Desde 1994, la factura de tanto ministro retratado asciende a 1,4 millones de euros. Poca broma. Una tradición muy cara y obsoleta. Un gasto suntuoso de la vieja política que se resiste a morir en sus palacios.

Mantener miles de pisos vacíos, familias desahuciadas y personas sin hogar es toda una contradicción que responde a las malas leyes del mercado y de la política que hemos consentido. Las personas sin hogar merecen ser retratadas y ocupar unos minutos la agenda pública para que la sociedad les retorne la humanidad que les ha negado. Dar el paso de vivir en la calle es una opción vital forzada cuando se rompe todo lazo social y toda la entreayuda que ofrece la familia, el vecindario y la comunidad. Cuando se rompen todos los puentes que nos capacitan para la vida en común.


Una vez desafiliado, la vida en la intemperie fuerza a adaptarse a unas condiciones muy duras y primitivas.  No son personas fracasadas porque todos hemos fracasado como economía, como política y como comunidad. Son personas heridas y abducidas por un proceso deshumanizador difícil de hacer reversible. Cuanto más hagamos por rescatarlos de su renuncia, más ganamos como una decente comunidad solidaria de iguales.