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Rescatar personas


En el lejano 1990 hice mi primera investigación como antropólogo: un estudio etnográfico sobre los jóvenes sin hogar en Barcelona. Eran tiempos de bonanza económica, optimismo colectivo y obras olímpicas en una Barcelona que vivía grandes transformaciones. Sin embargo, una realidad incómoda para la naciente ciudad fashion y moderna era la presencia visible de jóvenes sin hogar por Ciutat Vella. Una realidad incómoda que se asociaba al problema de la droga y que encendía las alarmas en caso de extenderse como un aluvión de miseria juvenil en pleno corazón de la ciudad.

A partir de los relatos de vida que hicimos a los jóvenes, descubrimos una gran diversidad de casuísticas siendo la adicción a la heroína o la enfermedad mental, dos de las posibles causas de ruptura vital, pero no las predominantes. Tampoco se constató que la vivencia sin hogar acabara generando ni pequeña delincuencia ni grupos organizados. Más bien al contrario, la vivencia marginal en la intemperie es un proceso de degradación muy individual y muy cautivo o discapacitante. Cuanto más tiempo se viva en la calle y en el itinerario benéfico-asistencial, más difícil es la salida y más atrapado se siente uno en un túnel de anonimato y despersonalización.  

El fenómeno sin hogar es una constante en nuestras ciudades aunque van variando los perfiles y las magnitudes en cada coyuntura. Hoy, las personas sin hogar evidencian la situación extrema del proceso de descenso social que vivimos todos y por ello, despiertan un nuevo interés solidario que antes no existía. El proyecto Retratssense Sostre es una buena iniciativa multidisciplinar que trata de visibilizar las personas sin hogar y concienciarnos de su situación que, a pesar de las distancias y jerarquías, también es un reflejo de nosotros mismos.



Tal y como manifiesta el proyecto, la técnica del retrato siempre ha sido un signo de la posición social a lo largo de la historia. Los pintores han retratado miles de nobles, obispos, militares y gobernantes como mandaba la tradición. Aún hoy, todos pagamos de nuestro bolsillo los retratos oficiales de todos los ministros que nos han gobernado y gobiernan. Desde 1994, la factura de tanto ministro retratado asciende a 1,4 millones de euros. Poca broma. Una tradición muy cara y obsoleta. Un gasto suntuoso de la vieja política que se resiste a morir en sus palacios.

Mantener miles de pisos vacíos, familias desahuciadas y personas sin hogar es toda una contradicción que responde a las malas leyes del mercado y de la política que hemos consentido. Las personas sin hogar merecen ser retratadas y ocupar unos minutos la agenda pública para que la sociedad les retorne la humanidad que les ha negado. Dar el paso de vivir en la calle es una opción vital forzada cuando se rompe todo lazo social y toda la entreayuda que ofrece la familia, el vecindario y la comunidad. Cuando se rompen todos los puentes que nos capacitan para la vida en común.


Una vez desafiliado, la vida en la intemperie fuerza a adaptarse a unas condiciones muy duras y primitivas.  No son personas fracasadas porque todos hemos fracasado como economía, como política y como comunidad. Son personas heridas y abducidas por un proceso deshumanizador difícil de hacer reversible. Cuanto más hagamos por rescatarlos de su renuncia, más ganamos como una decente comunidad solidaria de iguales.