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Los conversos en la guerra santa

(El Periódico de Catalunya, 10 de Abril de 2015)

Cinco de los detenidos por pertenecer a la célula yihadista de Barcelona son  conversos musulmanes de nacionalidad española. Es la sorpresa más impactante. Un dato tan perturbador nos obliga, como sociedad adulta y madura, a romper moldes y maneras cerradas de pensar. En lugar de pensar en compartimentos estancos y en términos simples, más nos vale superar los apriorismos y aceptar la complejidad que nos ha tocado vivir. Nada es blanco o negro, sino un amplio conjunto de matices contradictorios.

El yihadismo es una ideología armada que actúa en todas partes y recluta adeptos también en Europa, entre los “nuestros” o mejor dicho, entre nosotros. Los servicios de inteligencia estiman que en torno al 20% de los combatientes de Estado Islámico son jóvenes europeos occidentales que se han convertido al fundamentalismo más radical en un proceso muy rápido. En apenas dos o tres años, su antigua identidad blanca, europea y burguesa pasa a transfigurarse en su enemiga identitaria.

Aquí surgen nuevas preguntas sobre las causas y se reabren debates sobre el modelo de integración de los musulmanes en Europa, sobre el éxito o fracaso de las políticas multiculturales o sobre el denostado choque de civilizaciones que inauguró Bush y el trío de las Azores con su guerra santa contra el terror. Aquellos vientos han traído esta tempestad apocalíptica. No lo olvidemos. El yihadismo no sólo libra sus batallas en desiertos lejanos sino en nuestras ciudades como un boomerang lanzado desde el 11-S (2001) y las Azores (2003) que ahora retorna a Europa con virulencia.

Detención en Sabadell del converso Antonio Sáez, considerado el cerebro de la célula yihadista. Foto de Danny Caminal

Estado Islámico utiliza internet y las redes sociales de forma astuta en su guerra de propaganda. Cuelgan entrevistas de yihadistas blancos y europeos que han destacado por degollar en vivo a grupos de secuestrados en Siria o Iraq. Es la prueba de fuego exigida a todo converso. No sólo para buscar un efecto propagandístico sino también para crear un referente de autoridad y terror entre las audiencias occidentales. Quien sale degollando, como si se tratase de un videojuego medieval, es un joven que habla un inglés con acento académico o habla un francés de pura cepa. No son pastores del desierto.

Son conversos en la fe de la lucha armada, nuevos adeptos de una ideología totalitaria que impone el sahid (martirio) y el orgullo de morir como suicidas deshumanizados. Nos imponen la dicotomía fieles/infieles igual que el filo-nazi Carl Schmitt  definió la política como una lucha entre amigo/enemigo. La historia de la humanidad está plagada de movimientos mesiánicos y proféticos, muy fanatizados y violentos.

La lucha yihadista es otra forma trágica y cruel de milenarismo. Una lucha contra los infieles hasta restaurar su Califato mítico. No caigamos en su trampa. No los confundamos con la fe musulmana. Es una hidra integrista e irracional que pretende situarnos en su marco mental: la guerra identitaria o la imposibilidad de la convivencia inter-cultural. El éxito del Frente Nacional en Francia o de la islamofobia en Europa sería su principal triunfo. Es lo que buscan. Una Europa insegura que responde con fundamentalismo y fascismo. No lo permitamos.


Pulseras androides: el yo bajo control

(El Periódico de Catalunya, 30 de Marzo de 2015)

Los tagamochis fueron las primeras mascotas virtuales que se hicieron populares  entre 1996 y 2001 en todo el planeta. Eran un pequeño dispositivo en forma de huevo que te exigía cuidarlo y alimentarlo como si se tratara de un ser vivo. Fue el primer ser virtual que conquistó los corazones y la ternura de niños y no tan niños. Eran los tiempos de la prehistoria de la tecnología digital. Por entonces no existían ni los drones, ni los teléfonos inteligentes, ni las pulseras smartband de las que habla el reportaje.

El avance en nanotecnología y sensores registradores hacen de estas pulseras una nueva joya de diseño para lucirla o para utilizar como nuevo reloj medidor de nuestras constantes vitales. Es increíble que lleguen a medir con bastante precisión nuestro ritmo cardíaco, la actividad física, las calorías quemadas, la velocidad o la calidad de nuestro sueño y descanso.

Su objetivo es monitorizar tu estado de salud para responsabilizarte de ti mismo y plantearte nuevos objetivos de superación o de vida sana y controlada. Este sistema te llega a conocer tanto que te llega a recomendar la visita al médico especialista o, si eres deportista, te desafía con nuevas marcas para motivarte. Producen el efecto placebo de sentirte bajo control con tu bienestar bien cuantificado hasta en tu intimidad más ignorada. Con las pulseras smartband, tú eres la mascota. Aporta tantos datos sobre nosotros mismos que, al final, nos convierte en tagamochis.

Tu yo más desconocido lo tienes bajo control. Produce un efecto espejo que nos devuelve el reflejo de vernos como una máquina o androide generador de indicadores y estadísticas. Y las estadísticas están…para romperlas. Las estrategias de marketing para crear esta nueva necesidad y caer en la compra residen en eso: superarte, motivarte hacia mejores registros y competir contigo mismo y los demás. Eso sí, para los deportistas resulta un instrumento genial y necesario, todo hay que decirlo.

Como toda moda, llama la atención y se prueba. El precio no es un problema. Los hay baratos y asequibles para cualquier bolsillo y también gamas de lujo fashion para ostentar y fardar ante los demás. El problema para fabricantes como Apple, Samsung y otros imperios digitales, es que no acaban de convencer a los usuarios. Hay poca fidelidad. Un tercio de los compradores dejan de usarlo a los seis meses. Quizás por agotamiento. Por la sensación de ser prisionero de ti mismo y esclavo permanente de tus estadísticas corporales y vitales. Las pulseras smartband y resto de dispositivos wereables o vestibles nos recuerdan que somos datos y somos productividad.


Datos de nosotros mismos que las empresas fabricantes analizan como big data para definir perfiles más personalizados. Toda una golosina para la industria farmacéutica y de seguros que andan detrás de estos datos y que reabre, de nuevo, el tema de la privacidad. Datos personales presentados como productividad, rendimiento y esfuerzo. Datos que hacen de nosotros, si no somos deportistas, tagamochis andantes y quijotes de una fantasía de autocontrol que nos tranquiliza.