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Contra la indiferencia: ni abusos ni espectadores




Los alumnos no hacen sino radicalizar los comportamientos que ven en la sociedad adulta. El abuso y el maltrato es una forma de supremacismo hacia los débiles más transversal de lo que pensamos: está inserto en la misma cultura del capitalismo competitivo, en la cultura sexista contra las mujeres, en la xenofobia hacia los inmigrantes pobres o, incluso, en el maltrato animal. Si los códigos de abuso ganan terreno hasta hacerse hegemónicos, nuestra misma calidad como democracia queda resentida y erosionada. Evitarlo es esfuerzo de toda la sociedad no sólo de las escuelas como si fueran el parking de todos los problemas. 

Finlandia ha sido la pionera en diseñar un programa llamado KiVa que ha hecho desaparecer los acosos en el 79% de sus centros. El porcentaje da una idea de la grave extensión del problema en el paraíso educativo escandinavo. ¿Cómo lo hicieron? En primer lugar, con decisión política convirtiéndolo en problema de Estado y de toda la sociedad. No se trata de dejar que cada escuela lo resuelva a su modo intuitivo, se trata de activar una estrategia nacional e integral, con amplias alianzas y de evaluar su impacto. 

En segundo lugar, actuaron desde la política basada en evidencias expertas. El ministro de Educación finlandés encargó a la Universidad de Turku que diseñara un programa integral de actuación para las escuelas y que lo evaluara. La clave de KiVa es hacer cambiar las reglas del grupo actuando sobre los testigos del acoso, los indiferentes que consienten y son espectadores. Si ellos cambian, el acosador deja de tener su público y se anula su liderazgo negativo. Tras aplicarlo, se entrevistaron a 30.000 alumnos y se constató que no sólo erradicaba los acosos sino que también incrementaba la motivación por estudiar y reducía los casos de ansiedad, inseguridad y depresión. 


Es una lección muy antigua pero compleja de aplicar porque entre los adolescentes millenials las pautas tradicionalistas, posesivas e individualistas van en aumento. Recordemos que un 30% de los adolescentes ejerce un control posesivo sobre sus parejas, otro 13% se manifiesta abiertamente racista y otros tantos lo son aunque no lo declaren en las encuestas. El acoso es la punta del iceberg de un problema más estructural que nos incomoda: ¿por qué damos poder y prestigio a quienes niegan la igualdad y la diversidad a través de la fuerza y la violencia? Es la gran pregunta que la sociedad adulta ha de contestar, no sólo las escuelas.

Conviene poner de relieve los esfuerzos de nuestros centros escolares que combaten el bullying. Muchos centros lo hicieron en el pasado con planes de convivencia, dinámicas de grupo y refuerzo de tutorías experimentando un profundo cambio de clima interno. En su día, no fueron noticia y como tantas cosas que se hacen bien en las escuelas públicas quedaron en el más absoluto silencio. Todo logro de las escuelas contra los acosos en plural es un logro que hace reforzar la cultura democrática y la aceptación de la igualdad en diversidad. Éste último es el gran desafío, aquí y en Finlandia.