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Ganar dinero esclavizando

(El Periódico de Catalunya, 10 de Julio de 2016)



El esclavismo contemporáneo es una realidad infame y escalofriante que no podemos obviar como si fuese algo ajeno. Hace pocos días, la marca de ropa de la cantante Beyoncé fue denunciada por utilizar mano de obra esclava en Sri Lanka. Veremos cómo reacciona la cantante y sus seguidores. Mientras la globalización económica se ha acelerado a velocidad supersónica, la globalización de los derechos humanos va a paso de tortuga pero, poco a poco, está construyendo una conciencia de ciudadanía y de ética global. 

Las denuncias de Amnistía Internacional, Oxfam, Walk Free y otros defensores de los derechos humanos sensibilizan a consumidores y ciudadanos de los países desarrollados hasta el punto de influir en reformas legislativas. Hace un año, el parlamento británico aprobó la Modern Slavery Act, que obliga a las empresas a auditar sus cadenas de suministro y subcontratación para cumplir criterios de ética global y de trabajo decente. Obama ha prohibido la importación de 350 productos obtenidos por el trabajo esclavo, desde el marisco de Tailandia, las alfombras de la India o los cacahuetes de Turquía. El comercio global empieza a disponer de reglas éticas gracias a las campañas de las grandes ONGs. 

En España, ni derechas ni izquierdas han propuesto algo similar, nos hacen vivir hacia adentro como una burbuja aislada de los grandes temas globales. ¿Por qué? En el informe de Walk Free, se estima que hay unas 8.000 personas esclavizadas en España pero me parece un dato muy a la baja. El dato oficial solo referido a la esclavitud sexual es de 45.000 personas, como reconoce el propio ministro de Sanidad. Hasta el 80% de la prostitución se ejerce de forma forzada y genera 3.700 millones de euros (un 0,35% del PIB) que el ministro Montoro computa como ingresos aunque no tributen. 



La clave es poner el foco sobre los que ganan dinero esclavizando y sobre quienes consumen productos o servicios del esclavismo moderno. La trata de mujeres, los traficantes de órganos, la venta de bebés y niños para adopción, los traficantes de inmigrantes, las tramas de prostitución y el trabajo forzado en talleres sin derechos son la cara más sucia de nuestro modelo de vida y de consumo. Hay que reforzar la protección jurídica, la inspección laboral, la cadena de suministros globales, la lucha policial y la ética del comercio contra toda forma de explotación laboral y personal. Ponérselo difícil o imposible a los empresarios sin escrúpulos que se lucran. 

La mujer y la infancia son los dos sujetos más débiles y vulnerables, especialmente, si provienen de familias pobres en entornos marginales. En base a engaños, secuestros o deudas, las cadenas del esclavismo moderno los tratan como simples cuerpos para ganar dinero. Aunque Aristóteles, Locke o Voltaire justificaron la esclavitud, hoy ya no es defendible por nadie pero se tolera como un mal natural inherente a la codicia humana más abyecta. Nos falta más activismo abolicionista, más consumo ético y una legislación protectora de los derechos humanos que sea de máximos y en todas partes. Somos lo que toleramos.